18.11.07

"Teodoro Wilmer Garcia y el viaje a Uruguay"

Teodoro no había terminado de instalar su caminar rápido por los entrepisos de Pasco. Todavía las mañanas de la casa durazno se estaban aclimatando a los maullidos.
El puber gato, estaba tratando de acostumbrarse a escuchar Piazzolla conmigo, a mirarme con sus ojos verdes expectantes mientras yo descansaba mi vista sobre una copa de vino.
Justo en uno de esos días que ya se le comenzaban a hacer rutina, su... ¿dueño? ¿padre? ¿amigo? lo tomaba por la panza y lo depositaba en el baño; con un plato de agua y otro de comida como única compañía.
Las primeras horas se le pasaron volando, jugando con un papel higiénico que le había quedado a su alcance.
Lejos de ese percance, a mí, esas horas también se me pasaban volando, literalmente, en un vuelo de Aerolíneas, con destino Montevideo.
Y mientras uno se debatía en llegar al hotel, desarmar la valija e irse a la prueba de vestuario, Teodoro ya miraba impaciente la puerta, expectante de cuando se acabaría la bromita que parecían haberle jugado de encerrarlo entre inodoros y canillas.

Por la tarde, a Teodoro, pasó a visitarlo mi vieja y lo liberó por unas horas de su encierro. Y entre las protestas por el papel higiénico desparramado por doquier, él, se lanzaba en mi busqueda, primero con cierto desapego, luego con desacierto, finalmente con desesperación.

Lo volvieron a encerrar a Teodoro. Y esa noche entre maullidos, parecía soltar alaridos que gritaban: ¡traición!.
Cruzando el charco, no llegaba aquel sonido. Solo el ruido del jacuzzi, y la bañera que se llenaba, para relajar la velada y distraer la atención.

Al otro día yo filmaba. Tomando "Pilsen" bien helada, se nos largó un tormentón. En Uruguay caían "pingüinos de punta" como dicen ellos. Mientras tanto en casa, en Pasco, Teodoro ya componía un nuevo tango de baños y soledades y lo cantaba con maullidos. Lo escuchaban todos los vecinos y a más de uno se le piantó un lagrimón.

Finalmente llegó el día. Era domingo. Y aunque Teo no sabía, esa tarde, me volvía.
Le abrí la puerta. Eran las dos. Me miró consternado. Al principio me ignoró. Más tarde, cuando se le pasó, desde mi falda me miraba como diciendo, "te perdono".

Y es que Teodoro, yo sé, es un gato. Y, seguramente, no compuso ningun tango, ni anduvo melancólico, ni le agarraron penas de bandoneón. Pero mientras yo disfrutaba de la playa, del jacuzzi, de filmar, de la noche de Uruguay...
Cada tanto lo extrañaba.

1 opinaron al respecto:

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