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10.5.08

"Teodoro Wilmer García y el silencio del día"

Teodoro Wilmer García observa con cierto disimulo, como su tutor, su dueño, Lo abandona para perderse en la rutina salvaje.
Mira con ojos abiertos como se abre la puerta y la tenue luz de una mañana que recien se despierta le eriza los pelos y crispa su atención.
Es que detras de esa puerta se esconde, envuelto en misterio, todo aquello que Teodoro no conoce. Un universo que excede las paredes, algunas blancas, otras color durazno, de ese recinto eterno que contiene su existencia.

Entonces, liberado de la contención fraterna de quien es su único aliado, se dispone presuroso a su rutina solitaria.
Primero contrae sus uñas. Contiene de lleno sus impulsos hasta que el instinto lo vence y se abalanza sin piedad a los parlantes del equipo de audio.

Una vez que ha afilado sus aguijones, lo espera un termotanque en lo alto, que se ofrece como una suerte de mirador para observar la mañana. Y ahí deja pasar sus primeras horas. Se brinda primero a la melancolia, y desde ahí compone melodias, que se reserva quizas para cantarle a su amigo, a su padre, cuando se reuna con el, más adelante en el día.

Cuando lo vence el aburrimiento, se dirige mansamente a la cocina. Ahí devora como a una presa sus reservas de comida para luego instalarse en su sillon de dos de la tarde, que lo cobijará, si lo acompaña el clima, con un sol amigo y tibio que lo arropará para la siesta.

Luego de su baño de lengua de las 4, es el momento. Cuenta la leyenda que por un período no mayor a dos horas, pero no menor a dos tampoco, Teodoro escribe su historia. Se pierde entre papeles y recuerdos perfumados de vidas pasadas; un frenesí descontrolado se apodera de él mientras relata sus epopeyas, sus batallas y quimeras.
Cuenta la leyenda que ahí Teodoro debe recordarse a si mismo que es un gato. Este proceso le lleva una media hora, en donde lentamente, se reencuentra con su cola, con sus uñas y sus pelos erizados.

Se siente entonces el ruido de unas llaves. Teo se recompone, y cuando su dueño, su padre, atraviesa la puerta, le canta las melodías que compuso para el en la mañana.
El, su amigo, lo escucha con oidos atentos, mientras le llena el plato de comida. Luego sube los peldaños de la escalera y se acerca al escritorio. Abandona su ropa de humano en el perchero, y casí en un descuido descubre una hoja con la tinta todavía fresca.

Teodoro maulla disimulo. Y su dueño elige no darse cuenta.

22.4.08

"Teodoro Wilmer García y el paso del tiempo"

Teodoro Wilmer García, Adolescente precoz de 4 patas ya lleva 6 meses custodiando mi nueva casa de soltero. El desafío de irse a vivir solo, me era bien llevado, es cierto, pero por momentos, los silencios fantasmales que tenía mi deshabitada casa por ese entonces, me ensordecian. Era realmente complicado encontrarme en un lugar que todavía no sentía como propio (Por mas de que mi casa es lo mas propio que tuve en mi vida) y este puber gato, con sus meadas en los puf del living o sus alaridos de dos de la mañana fue y es un gran amigo que me ayudó como pocos a instalarme a la idea de vivir solo.

Hoy por hoy, con mi casa llena de mis propios ruidos, a un año de haberme mudado, no encontré mejor manera de celebrar este año de vivir solo que agradeciendo a este amigo, que ha sido mi compañía la mitad de este tiempo. Y aun así, y mas alla de el, celebro este año de independencia con las incertidumbres mas certeras que he tenido en mi vida. Es que nada hay mejor, que tener miedos tan reales como llegar o no llegar a fin de mes. Por estupido o poco poético que esto suene.

Aprovecho entonces para agradecer a esta bola sexy de pelos, y de paso, ya que estamos para darme un apapacho en la espalda por este primer año.

18.11.07

"Teodoro Wilmer Garcia y el viaje a Uruguay"

Teodoro no había terminado de instalar su caminar rápido por los entrepisos de Pasco. Todavía las mañanas de la casa durazno se estaban aclimatando a los maullidos.
El puber gato, estaba tratando de acostumbrarse a escuchar Piazzolla conmigo, a mirarme con sus ojos verdes expectantes mientras yo descansaba mi vista sobre una copa de vino.
Justo en uno de esos días que ya se le comenzaban a hacer rutina, su... ¿dueño? ¿padre? ¿amigo? lo tomaba por la panza y lo depositaba en el baño; con un plato de agua y otro de comida como única compañía.
Las primeras horas se le pasaron volando, jugando con un papel higiénico que le había quedado a su alcance.
Lejos de ese percance, a mí, esas horas también se me pasaban volando, literalmente, en un vuelo de Aerolíneas, con destino Montevideo.
Y mientras uno se debatía en llegar al hotel, desarmar la valija e irse a la prueba de vestuario, Teodoro ya miraba impaciente la puerta, expectante de cuando se acabaría la bromita que parecían haberle jugado de encerrarlo entre inodoros y canillas.

Por la tarde, a Teodoro, pasó a visitarlo mi vieja y lo liberó por unas horas de su encierro. Y entre las protestas por el papel higiénico desparramado por doquier, él, se lanzaba en mi busqueda, primero con cierto desapego, luego con desacierto, finalmente con desesperación.

Lo volvieron a encerrar a Teodoro. Y esa noche entre maullidos, parecía soltar alaridos que gritaban: ¡traición!.
Cruzando el charco, no llegaba aquel sonido. Solo el ruido del jacuzzi, y la bañera que se llenaba, para relajar la velada y distraer la atención.

Al otro día yo filmaba. Tomando "Pilsen" bien helada, se nos largó un tormentón. En Uruguay caían "pingüinos de punta" como dicen ellos. Mientras tanto en casa, en Pasco, Teodoro ya componía un nuevo tango de baños y soledades y lo cantaba con maullidos. Lo escuchaban todos los vecinos y a más de uno se le piantó un lagrimón.

Finalmente llegó el día. Era domingo. Y aunque Teo no sabía, esa tarde, me volvía.
Le abrí la puerta. Eran las dos. Me miró consternado. Al principio me ignoró. Más tarde, cuando se le pasó, desde mi falda me miraba como diciendo, "te perdono".

Y es que Teodoro, yo sé, es un gato. Y, seguramente, no compuso ningun tango, ni anduvo melancólico, ni le agarraron penas de bandoneón. Pero mientras yo disfrutaba de la playa, del jacuzzi, de filmar, de la noche de Uruguay...
Cada tanto lo extrañaba.