Cuando se hicieron las siete de la tarde y mientras daba puntos finales a mis tareas del día, ya me había convencido. Aquello que había visto a la mañana debía ser mentira. Una ilusión optica, como aquellas que tienen los caminantes que atraviesan el desierto despues de dias de exponerse a calores sofocantes.
Mientras esperaba el subte en C. Pellegrini me sonreía y pensaba como había podido sostener, durante tanto tiempo, la mas minima duda sobre el tema. Es imposible que haya un Avestruz en mi living, me decia.
Ahí estaba.
Juan Carlos, ni bien abrí la puerta y apoyé las llaves sobre la mesa del comedor, ví salir del baño al animal con el diario La Nación bajo un ala y el papel higienico bajo la otra.
Sin dar un paso mas, me quedé petrificado. El, se detuvo unos segundos. Me miró. Me clavó la mirada. Entonces intenté emitir algun sonido, pero casi inmediatamente me lo reprimí. No iba a abalar con mi palabra la existencia de aquello que no existe. Es imposible. Me repetí.
El ave, siempre con pasos lentos, continuó entonces su camino hacia el living.
Yo mientras tanto permanecí inmovil. Me quedé paralizado lo que calculo fueron horas, mientras el, desde el cuarto del al lado, se debatía en un zapping esporadico.
De esa primera noche solo recuerdo como, en determinado momento, escuché la interrupción de la señal de Canal 13. Me acerqué al living. Ví al avestruz durmiendo boquiabierta en el sillón y con el mayor sigilo posible, me dirigí hacia mi cuarto.
De mas esta decir que no dormí.
211 FEB 2020
Hace 6 años.

