Puede llegar ese punto, luego de transitarse varios años, en donde nos miramos un buen día, mientras dejamos correr el agua como cascada por la espalda en la bañera.
Puede llegar ese día, sin avisos ni antemanos, en donde una mojada cachetada nos sorprenda. Un segundo microcefalo, en el que nos miramos desde afuera, como si fueramos un tercero que nos visita sin aviso previo.
Ver: Inmutarse ante la propia carne, sin terminar de reconocerla. Una magia dificilmente descripitible, la de mirarse como a un desconocido.
Releer: el cuerpo, las cornisas de los pesados parpados, los pliegues de la barba, las arrugas del desencanto.
Desesperarse: ante los bordes asperos del cuello, los pectorales tiesos, el propio sexo, espeso.
Escuchar nuevamente: Los canales melosos de la voz propia, los latidos pujantes del corazón, la saliva amarga cayendo por la garganta.
Y sin entender completamente el abstracto momento, nos apresuramos a recuperar terreno, apropiarnos de ese ajeno, que había sido siempre propio.
Simplemente es un momento. No se si les ha pasado.
Se asienta en uno la calma y el desasosiego.
Perder terreno en el hogar mas propio que nos dió la vida. Sentirlo ajeno, lejano. Ajado, por el viento del tiempo.
No se si les ha pasado. No ver en el espejo, a quien creian vestir.
Momentos así se pasan de largo cepillandose los dientes con dedicación.
211 FEB 2020
Hace 6 años.
