28.9.08

"Cien veces no debo"

Que manía, esa. Tan tuya. Tan mia. Tan típicamente típica. De hacer lo incorrecto, de decidirse a desoirse y morder el anzuelo.
Que manía esa. Tan mía. La de barajar y dar de nuevo. De deshacerme en los borrones y exprimirme en la cuenta nueva hasta olvidar el tropiezo.
Que manía esa. Tan tuya. De no quererme, queriendo. De reintentar reincidir y clavar tus colmillos hasta arrancarme el silencio.

¿Cuantas veces tendrá tu cara que desgranarse en mi recuerdo?
¿Cuantas veces tendré que doler para rehacerme sincero?

Hay veces, te juro, me siento a merced del viento.
Me siento polvo que se pierde en el otoño,
o un trozo de niebla que sorprende al mediodia y resiste en silencio las horas, hasta que aturdido finalmente se evapora.

Como quisiera creerle a tu mano franca la caricia.
Como quisiera creerme cuando creo que no la espero.

Que manía la nuestra.

26.9.08

"Un texto que es imagen pura" (Voz de Julio Cortazar)

21.9.08

Atitulado V

¿Y vos?
Vos, ¿Que miras?
Con tus pestañas prestadas y tus medias de piel...
¿Que miras?
¿A quien queres venderle el tango?
¿A quien queres robarle el llanto?
Con tus besos de piedra y tu falso encanto...
¿Que queres?
¿Que haces de vuelta en este barrio?
¿Que queres oir de mí que no hayas escuchado?
Vos,
Que bailaste conmigo en el barro,
que corriste conmigo en el empedrado,
que me vendiste mujer, beso y pecado.
¿Que queres de mí que yo ya no te haya dado?
¿Queres contarme el cuento de la siesta?
¿Queres despertarte y tenerme al lado?
Tu silencio arde en la hoguera, que hoy es fiebre y desencanto.
Tu dolor ya se ha hecho tierra...
Tu astilla ya se enterró bajo mis puños cerrados.

¿Vos...?

¿Quien eras vos?

15.9.08

"Los sin nombre"

Sucede que despojarse de uno mismo, envolver la mirada hasta pintarla de piedra, se ha hecho rutinario.
Sucede que, varios metros bajo tierra, se derrumban y deambulan, se sulfatan, miles de cuerpos que se asumen transeuntes subterraneos y renuncian a su condición humana.

Sucede que esto sucede todas las mañanas.

Instantes despues de sonreir ante el café con leche, los sujetos desechan el predicado y sacan boleto. Bajan inhertes las escaleras y se zambullen al sonido oxidado de las vias y el destierro. Sonido que no escuchan. Sonido que se inyecta a la rutina y envenena el corazón, que no pelea y lentamente se va apagando. Entonces, los sujetos renuncian a su nombre. Son solo caras deformes, lejanas. En ruinas. Extrañas.
Los sin nombre respiran silencio. Algunos, precavidos, desinfectan su estadía con musica funcional que aminore el letargo. La llevan en el bolso o la cartera y ante el menor signo de espera, conectan la anestesia a sus oidos y se abandonan a soñar con otros pagos.
Otros (la gran e inmensa mayoría) se arropan bajo un muro cristalino, se destiñen hasta ahogarse en ellos mismos. Se desesperan por sentirse acompañados. Se despiertan solamente si se hace necesario.

El destino, pareciera, es la condena. Una meta que no llega a ningun lado. Un viaje repetido hasta el hartazgo.

Cada tanto hay quienes se rebelan. Hay algunos (la pequeña minoría) que expulsan el veneno y rompen sus cadenas. Destrozan con sonrisas el letargo. Se sacuden el polvo de la espera. Se transforman, alegremente, en sujetos inesperados.
Por supuesto, los sin nombre los detestan.

Finalmente salen todos del ocaso subterraneo y se sumerjen entre corbatas y memorandums. Se cuentan chistes de ocasión y se sonrien. Se hacen amables, corrientes y educados. Cuando el grillete aprieta el tobillo, contienen las ganas de gritar y van al baño. Muchas veces, mientras se lavan las manos, miran al espejo y le suplican que les devuelva algo.

Pareciera que los sin nombre, nunca llegan a destino. Pareciera que en el tunel, se han quedado en el camino.

11.9.08

"El niño perpetuo"

Los bares de la avenida Boedo han salido a desfilarle sus vestidos a los transeúntes que se pasean indecisos en busca de dos sillas y una mesa en donde anclar su tardecita de sábado.Las señoras y los señores, emigrantes de fin de semana, estacionan su hora del té en la vereda; ellas guardan los anteojos de sol en la cartera, mientras ellos se desesperan por retener al mozo y agregarle al menú de media tarde alguna porción de torta que los exima de la dieta. Toda la escena combina con el frío tenue del otoño.

Pero a lo lejos, doblando por Carlos Calvo, se lo ve venir. Es el niño perpetuo, con su paso zigzagueante. De delantal amarillo e impoluto, buscando serenamente entre las bolsas alguna lata, algún cartón, o algún recuerdo.Se acerca Bombón.
Algunos dicen que el barrio lo adoptó en un abrazo de verano. Otros dicen saber que fue él quien adoptó al barrio y lo reformó en toscos retazos hasta contagiarlo con su color.En su sonrisa de crayón se confunden el pibe y el hombre. En sus ojos pardos y apagados brilla nostalgia de Manzi, soledad y cafetín.
Su zigzag ya se dibuja en la esquina del pasaje San Ignacio. Los vecinos o, mejor dicho, aquellos que no salen a conquistar Boedo únicamente los sábados a la tarde, se dejan saludar por él. Reciben su sonrisa como un trofeo, casi como una insignia que los declara oficialmente como habitués del barrio.—“¡Qué hacés, Bombón!”— responden al saludo. Y él se brinda con encanto a cada uno, les da su tiempo y su amistad sincera. A todos, detenidamente, los saluda con su sello característico.Algún canoso liga un abrazo. A otros simplemente les extiende la mano, en busca de algún mango.—“¡No tengo un sope, Bombón!”—, le dice un pelado. Y él, solícito, saca de su bolsillo una colección inagotable de monedas y las ofrece sin reparos, a su amigo.

Las señoras interrumpen su té de media tarde. Los señores detienen su resaca de lemon pie. Miran perturbados cómo Bombón se acerca. Y cuando casi se apresuran a pedir la cuenta... el zigzagueo de Bombón los deja esperando.
Es que él prefiere dedicarse a su amigo el Barbeta, o brindarle su espalda a la palma del mozo que lo espera fiel al ritual de cada tarde, o cada noche…Y a los turistas les dedica la gambeta. Y logra que se rindan y se dejen dibujar con sus crayones.

Se pierde el niño perpetuo en el atardecer de avenida Independencia. Su paso zigzagueante se aleja y corona de ocaso las veredas.Algunos dicen que en las suelas gastadas de Bombón está Boedo. Otros dicen saber que es el barrio el que le sigue las huellas.

7.9.08

"Emigrante"

Si usted detiene su marcha en un día cualquiera de semana y se da la oportunidad. Si se sienta en algún borde de vidriera que le ofrezca un refugio del galopante paso de los días porteños. Si se regala a sí mismo ese recreo y además ese instante transcurre en el barrio de Boedo, haga la prueba, intente lo siguiente: cierre los ojos y escuche. Deje de lado el alboroto de las bocinas. Descarte el ronroneo de los cierres de las carteras. Preste sus oídos tan sólo al eco de los pasos en la avenida. Pasado un rato podrá distinguir unos de otros. Sabrá con certeza separar aquellos que suenan discordantes, presurosos por su llegada tarde, de otros que simplemente danzan suaves y melosos en romántica cita de mediodía. Podrá escuchar pasos que marchan fúnebres, envueltos en tristezas. Otros que pisan fuerte embargados en ira de papeles, trámites y burocracia perpetua.Y justo cuando crea que ha podido distinguirlos a todos, que se ha hecho dueño certero de cada pisada del barrio de Boedo..., escuchará una melodía nueva.

Cada tanto, puede distinguirse entre los pasos navegantes del tumulto, un eco distinto, disonante. Así suenan los pasos del emigrante: hijo acunado por el barrio de Boedo que, aconsejado por la modernidad o la inmediatez, abandonó el nido y embriagado en melancolía sin alcohol, años después, retorna al barrio.

El exiliado se dio a su exilio hace ya mucho tiempo, quizás arropado por la oportunidad de un cómodo loft en Barrio Norte. Tal vez -quién sabe-, su sed de independencia dirigió la “campaña libertadora” a un monoambiente en Balvanera.Lo cierto es que se apartó del rumbo de su origen y se brindó a la tibia empresa exigiéndose a sí mismo dejar atrás el cielo perdido y más allá la inundación. Como estigma y recordatorio, probablemente llevó consigo un tímido orgullo cuervo que estampó en su pasaporte de emigrante y embanderó sonriente en el 95, cabezazo del “Gallego” González mediante.

Lo cierto es que, la pilcha, el celular y las cuotas del banco dejaron atrás su infancia de picados en algún baldío de la calle Cochabamba. La oficina, la hipoteca y el aguinaldo postergaron sin remedio las tardes de Trianón, cerveza y amigos.Varias veces el exiliado apretó los puños y se mordió los labios cuando, en un descuido, su auto trasgredió la frontera de avenida La Plata..., y Directorio se vistió de San Juan.

Hasta que la modernidad se fue mostrando tan moderna que inevitablemente la nostalgia de los años que han pasado lo llevó un día a enfrentarse cara a cara con la arena que la vida se llevó.

Si usted detiene su marcha un día cualquiera, si se regala ese recreo y además ese instante transcurre en el barrio de Boedo, cierre los ojos y preste atención. Seguramente, perdidos en la vorágine del mediodía, escuchará pequeños pasos disonantes. Pasos que observan perplejos y distantes. Escuchará un susurro que se aferra a las baldosas. Que ve hoy su exilio como un destierro. Y en el eco de esos pasos habrá un llanto tímido y hundido por la pesadumbre de un barrio que ha cambiado. Por la amargura de un sueño que murió.

4.9.08

"Del tiempo, el abandono y los puntos apartes"

Y ahí quedó, esperando, agazapada, inconclusa, la historia del hombre y la cigueña.
¿Hay acaso obra mas triste que aquella inconclusa?
¿hay dolor mas hondo que aquel que no termina de gritarse nunca?
¿No fue Sabina el que dijo "No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamas sucedió"?
Es ese efecto invernadero,
esa lagrima reseca por olvido,
ese llanto que se viste de suspiro,
el placer, que se transforma en el deber.
El silencio de la carne, cuando trémula, se desilachó en pecado.
Mi condena, mi estigma fue siempre el mismo. Abandonar los castillos que construyo antes que me aplasten con su peso los ladrillos.
Pero, también es cierto, siempre fuí un combativo del desgano. Del propio y el ajeno.

Retornar hoy entonces, a este espacio, me hace sentir extrañamente extraño. Visitante de una casa que supo ser mi barrio.
Pero volví, para seguirme combatiendo. Y aqui estoy, enmohecido, con los zapatos llenos de barro, y con el miedo de quien vuelve a "la vieja calle donde el eco dijo...".

Hoy me ven volver.